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La oportunidad de Horchner

Entre crujidos de la madera y balanceos del camarote, el capitán Horchner dormitaba cuando la puerta se abrió de forma súbita, emitiendo un chirrido agudo. Asustado, dio un brinco y simulo estar leyendo el diario de a bordo mientras se retiraba las legañas con disimulo. Cuando alzó los ojos pudo distinguir el contorno del contramaestre, cuya sonrisa socarrona pasó desapercibida para el capitán gracias al contraluz.

―¿Qué ocurre? ―preguntó con sequedad a la vez que trataba de disimular la voz soñolienta.
―Mi capitán, debe venir inmediatamente.
―Estoy ocupado ―contestó devolviendo la mirada al diario de abordo―. Interrumpidme sólo para cosas importantes.
―Se trata de Fairchild, mi capitán. Ha empeorado.

Horchner alzó de nuevo la vista. Abrió los ojos de par en par y su cuerpo se tensó como si le hubieran inyectado hormigón en las venas.

―¡Dios mío… Pero si estaba recuperado!
―Debería venir a verlo ―sugirió el contramaestre con la voz quebrada.

Horchner se puso en pie como un resorte y golpeó encolerizado la mesa con su anillo de aguamarina. El contramaestre salió a escape del camarote y el capitán fue tras él; al cruzar el quicio de la puerta sintió un bofetón de salitre que terminó de despertarlo, pero no paró de correr. Al momento, el barco dio un bandazo y una ola vertió agua por la cubierta, lo que ocasionó que el contramaestre resbalara y cayera de espaldas, pero Horchner se desentendió de él y siguió rumbo a la enfermería. Cuando llegó se encontró a Fairchild tumbado en la camilla, tapado con una manta y tiritando; a su lado estaba Sturgeon, el cirujano de a bordo.

―¿Qué ha ocurrido? ―preguntó Horchner, alarmado―. ¡Se supone que se estaba recuperando!

Fairchild emitió un quejido de protesta y Sturgeon rogó al capitán que bajara la voz. Retiró la manta y señaló el muñón que sustituía la rodilla derecha del paciente; estaba hinchado, tenía un color entre violeta y ceniza, y de él emanaba un hedor nauseabundo. Justo en ese momento entró el contramaestre, que tuvo que dar media vuelta y desandar los últimos pasos para vomitar fuera del quirófano.

―La amputación no ha dado resultado ―susurró el cirujano―. Fairchild tiene fiebre alta y el pulso débil.
―Pues seguid cortando ―sugirió Horchner, que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para que un nuevo golpe de mar no lo desequilibrara.
―Es probable que la infección se haya extendido por todo el cuerpo ―contestó negando con la cabeza―. Me temo que es incurable.

Horchner chascó la lengua y musitó una blasfemia. Había visto morir a cientos de tripulantes en cruentas batallas y en caídas accidentales al agua, devorados por tiburones, pero jamás hubiera imaginado que el viejo Fairchild, el tripulante más veterano de la tripulación, que había sobrevivido a docenas de batallas y hasta a una dentellada de un escualo, fuera a perder la vida después de clavarse una astilla en un tropiezo inofensivo.

―¿Cuánto le…?

El cirujano mandó callar al capitán con un gesto, pero su reacción no fue lo bastante rápida. Fairchild redobló sus quejidos hasta que consiguió articular tres palabras perfectamente audibles:

―Quiero morirme ya.

El cirujano y Horchner se miraron a los ojos, y el contramaestre observaba con expectación mientras se enjugaba la boca, torcida de repugnancia. De pronto el capitán creyó adivinar el pensamiento de Sturgeon y dio un respingo.

―¡Ni se os ocurra! El código de conducta prohíbe que un tripulante mate a otro.
―Esta vez haremos la vista gorda ―dijo una voz que se acercaba por la puerta.
―¡Intendente! ―contestó el capitán, sorprendido por su presencia―. No… No puede… El código de conducta se aprueba en asamblea y es inviolable.

Brownfield, que había servido durante treinta años en aquel barco, seis de ellos como capitán, estaba convencido de que Horchner supeditaba la disciplina a la eficiencia y se había postulado para la intendencia con la idea de contrapesar su poder. Al percatarse de la intransigencia del capitán, se cuadró delante él y puso los brazos en jarra, no sin antes cambiar el pie de apoyo para contrarrestar un nuevo bandazo del barco, que provocó la caída de parte del instrumental de cirugía.

―El código puede cambiarse siempre que sea necesario.
―¡Pero para eso debemos convocar a la tripulación en asamblea! ―protestó el capitán, aún agarrado al quicio de la puerta.
―En ese caso, convoquémosla.

Horchner dio un respingo. Sabía que el intendente estaba cumpliendo su papel, pero temía que la propuesta de Brownfield redujera el código de conducta a un reglamento cambiable al antojo de la tripulación, algo sólo reservado para los tiempos de paz. Y para Horchner todos los períodos de paz eran tan sólo el corto preludio de la siguiente batalla; de ahí su reticencia.

―No voy a ceder, Brownfield. Fairchild seguirá con vida mientras su cuerpo aguante.
―Capitán, estoy en la obligación de ejercer mi derecho de veto ―contestó con la voz ampulosa. El contramaestre dejó escapar una expresión de sorpresa que reconfortó al intendente e incomodó a Horchner.
―¡No podéis vetar una decisión militar!
―¡La medicina a bordo está bajo mi responsabilidad, y puedo y debo vetar esa orden! ―Ambos respiraban a bufidos, como dos renos dispuestos a cornearse. La discusión había provocado que Fairchild volviera a quejarse, por lo que el cirujano trató de separar a los dos líderes, pero el intendente interpuso el brazo para frenar su avance―. Capitán, en tiempos de guerra podéis adoptar las decisiones que consideréis más oportunas para el bien de la tripulación o para vuestros intereses particulares ―le espetó señalándolo con gesto acusador―. Sin embargo, afianzar vuestra autoridad en tiempos de paz a costa del sufrimiento de un servicial marinero es deshonroso y desacredita vuestro liderazgo.

Horchner mantuvo la mirada fija en los ojos del intendente durante un rato; podía olerse en el aire el ansia de poder de ambos mezclándose como dos perfumes rancios. Cerró los puños y apretó los dientes para canalizar la ira, mientras sentía que la sangre borboteaba por sus venas. En ese momento una potente ola golpeó el casco del barco e hizo a todos tambalearse hacia estribor. Cuando la nave se enderezó de nuevo, el capitán carraspeó, se atusó la camisa y declaró con aplomo:

―El marino Fairchild ha cumplido fielmente su mandato a bordo del Victoria, pero es mi deber hacer cumplir el código de conducta sin fisuras. ―A continuación se dio la vuelta y se dirigió a cubierta―. Estaré ocupado en mi camarote. Avisadme si ocurre algo importante.

Ya sin el capitán, Brownfield expulsó al contramaestre, miró a Sturgeon y asintió con la cabeza. El cirujano tomó entonces una jeringuilla, la llenó con agua de mar que tenía guardada en un frasco y la inyectó en el brazo de Fairchild. Repitió el proceso cuatro veces. Un minuto después el paciente lanzó un gemido agónico; se llevó la mano al pecho y empezó a convulsionar. En menos de tres minutos yacía por fin tranquilo en su lecho de muerte.

Brownfield y Sturgeon abandonaron la enfermería una hora después rumbo al camarote del capitán. Entraron sin llamar y vieron a Horchner dar un brinco y ponerse a leer el diario de viaje.

―Mi capitán, vengo a comunicar el fallecimiento del marino Fairchild ―anunció Brownfield en voz alta.

Horchner puso cara de sorpresa y se aclaró la garganta.

―Complicaciones a causa de la gangrena ―añadió el cirujano abriendo los brazos mientras evitaba cruzar su mirada con la del capitán.

Horchner fingió aflicción y guardó silencio por unos segundos. Juntó los puños y se apoyó con los codos sobre la mesa. Creyendo que estaba rezando, Brownfield y Sturgeon agacharon la cabeza y comenzaron a murmurar cada uno una oración distinta.

El capitán previó el siguiente golpe de mar. El balanceo lo empujó contra el escritorio y se ayudó de los brazos para ponerse de pie con brío, mientras el intendente y el cirujano se trastabillaban con la inclinación. Aprovechando la confusión, Horchner se acercó a ellos y habló con tono conciliador:

―Intendente, reúna a la tripulación. Celebraremos un banquete en honor de Fairchild.
―Sí, mi capitán ―contestó Brownfield, que abandonó el camarote con el cirujano.

Horchner regresó a la silla, se recostó y entrecruzó los dedos sobre su abdomen. Sonrió al pensar que el intendente creía haberlo despertado de la siesta; en realidad estaba meditando acerca de la idea de convocar una asamblea en medio de la cena cuando irrumpieron en su camarote.

En ese momento pensó en la cara que pondría Brownfield a la noche y rompió a reír con malicia.

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