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Cien

Uno, dos, tres… así hasta cien. Cien son los barrotes de la celda en la que me hallo encerrado. Ignoro cómo he llegado aquí. Tampoco se me ha ocurrido cómo escapar. Todo el esfuerzo lo dedico una y otra vez, una y otra vez, a contar estos barrotes. Cien. Ni uno más. Ni uno menos.

Uno, dos, tres… Si cuento cien, una nube de sosiego me envuelve en sus brazos, pero me zafo de inmediato para contar de nuevo. Si el recuento resulta inexacto, vuelvo al principio y cuento con desesperación.

Cien son los barrotes de esta celda. Cien, creo.

A magali, por enseñarme el mundo de los drabbles, obras literarias de exactamente cien palabras.

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