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De los peligros de la fogosidad

 

Hallábase Cristóbal Colón iniciando su cuarto viaje cuando todas las familias reales de un vasto valle de Centroeuropa inauguraron la tradicional cena bianual, en la que se dedicaban a resolver las discrepancias diplomáticas que hubieran ido surgiendo. Las monarquías acudían acompañadas de sus propias comitivas, algunas modestas pero otras más vastas, como la del reino de Strebenburgo, que había crecido a base de casar a sus herederos con los de otras Coronas. La sede de la cena se decidía por turno, y esta vez tocaba en el joven reino de Teilenfalia.

No habían transcurrido aún dos horas desde que el banquete diera comienzo y ya estaba Eugenia Guillermina, heredera del trono de Teilenfalia, tomada de las manos de un tímido Segismundo Federico, aspirante a coronarse algún día rey de Strebenburgo. El pavipollo estofado en salsa de girasol y nueces se enfriaba en el plato de Eugenia Guillermina sin que ella prestase mayor atención al condumio, mientras su interlocutor miraba de reojo las viandas, tratando de encontrar el momento oportuno para liberar sus manos de las garras de la heredera de Teilenfalia y lanzarse a comer como un descosido.

―Decidme, oh alteza. ¿Querríais pernoctar esta noche en mi alcoba? ―preguntó Eugenia Guillermina.

Segismundo Federico dio un respingo y tuvo que tragar saliva ante la osada pregunta de su interlocutora, cuyos ojos verdes parecían los de un lince acechando a su presa y su comisura presagiaba una vorágine de lujuria a punto de estallar.

―No… no creo que fuera oportuno ―titubeó el príncipe de Strebenburgo―. Vos no estáis aún desposada y…

―Nimiedades, admirado príncipe. Somos casi reyes, y en tal condición estamos por encima de esas veleidades morales. ¿Quién va a juzgar nuestros actos, por muy impuros que sean?

―Tal vez nos juzgue Dios ―contestó el príncipe con un tono que no dejaba claro si era una respuesta o una pregunta.

La princesa de Teilenfalia rompió a reír, lo que aprovechó Segismundo Federico para zafar una de sus manos y agarrar un muslo humeante que lo aguardaba en el plato. Se lo llevó a la boca como una exhalación y lo mordió. No le dio tiempo a notar el peculiar sabor que le esperaba cuando Eugenia Guillermina lo agarró por la muñeca que tenía libre y volvió a aprisionarlo, forzándolo a soltar el trozo de comida.

―¡Pero qué ocurrente sois, príncipe de Strebenburgo! ―El elevado volumen de Eugenia Guillermina hizo que otros comensales volvieran la vista hacia ella, lo que no le impidió proseguir con la misma intensidad―. ¿Acaso vos creéis en ese Dios que decís?

―Claro… ¿Vos no?

―Dios es mi padre ―sentenció―. Dios es mi padre en su reino, y esa es la única deidad que importa. Y yo seré la Diosa cuando herede la Corona. ―Su voz cambió entonces a un tono más sugerente―. ¿O es que en vuestro reino sois compasivos y condescendientes con la plebe?

―No, claro que no ―contestó titubeante.

―¡Entonces olvidaos de las ataduras que os impiden disfrutar de mi cuerpo y entregaos a mí!

Eugenia Guillermina hizo bailar su larga cabellera en el aire, se manoseó los pechos sin disimulo, procurando que el príncipe de Teilenfalia no se perdiera detalle, y se inclinó hacia delante con la intención de que sus labios se acercaran a los de Segismundo Federico, pero éste permaneció erguido en su asiento, con una mueca de disgusto mal disimulada. Al percatarse de ello, la princesa protestó:

―¿Qué ocurre? ¿Es que tenéis miedo? ―Notó que el príncipe quería decir algo, pero no era capaz de musitar palabra―. ¿O es que acaso no os gusto?

―Oh, claro que me gustáis ―consiguió pronunciar tras un enorme esfuerzo―. Pero considero una inconveniencia que procedamos a copular sin que estemos enamorados.

―¡Válgame Dios, Segismundo Federico! ―exclamó, posando una mano en su frente―. Dejad el enamoramiento para los románticos que aparecerán dentro de un par de siglos. Lo único que me place es retozar con vos por una sola vez y regresar al banquete como si hubiéramos ido a dar un paseo.

Parecía que aquella explicación por fin había animado al príncipe a dejarse llevar por los deseos de Eugenia Guillermina. Ambos se acercaron con lentitud y decisión hasta que los labios se fundieron en uno, primero con suavidad, a continuación con violencia.

Aquello se asemejaba más a un combate entre dos esclavos que a un beso entre un par de labios desenfrenados. A su alrededor, los comensales hacían un encomiable esfuerzo por ignorar a los concupiscentes, en especial cuando Segismundo Federico, en un alarde de valentía, tomó a Eugenia Guillermina en brazos y subió las escaleras con ella rumbo a sus aposentos.

Lo que debía ser un retozo de diez minutos, o no más de veinte, terminó con ambos príncipes yaciendo juntos hasta que el sol alcanzó el cénit. Tan vigorosa fue la atracción que repitieron esa misma noche, y al día siguiente, y al otro.

Los reyes de Teilenfalia se congratularon de que por fin su primogénita, por lo demás única hija y por tanto heredera, hubiera encontrado un hombre con el que repetir sus cópulas, lo que les hizo pensar que ya había sentado cabeza. Y así había sido. Después de muchas docenas de cópulas, Segismundo Federico pidió matrimonio a Eugenia Guillermina, quien aceptó con lágrimas en los ojos y fuego en sus entrañas.

El banquete nupcial se celebró sin la presencia de los recién casados porque apenas el cardenal dio el sacramento ambos príncipes se escabulleron para fornicar en cuantos sitios se les antojara, incluso cuando hubiera observadores al acecho, que los hubo. Al concluir el banquete, los reyes de Strebenburgo accedieron a que su hijo heredero se instalara en el castillo de Teilenfalia, a condición de que optara a heredar dicho reino si Eugenia Guillermina fallecía, condición que fue aceptada de muy buena gana por los suegros de la joven.

Pero el matrimonio trajo las primeras fricciones. La primera tuvo que ver con el orden en que debían situarse los cubiertos en la mesa. Como Segismundo Federico se había traído parte de su servicio cortesano, eran frecuentes las discusiones entre sirvientes, que acababan por enfrentar a los recién casados.

La siguiente discrepancia surgió el día en que una epidemia mató a la mitad del servicio y dejó enfermos a los demás. Eugenia Guillermina y Segismundo Federico tuvieron que apañárselas solos para administrarse, y parecieron conseguirlo, salvo cuando la princesa comenzó a doblar la ropa. Segismundo Federico, que doblaba sus calcetines a modo de bola, notó que ella los plegaba a lo largo. Cuando trató de imponer su estilo a Eugenia Guillermina se enfrascaron en una discusión que les llevó seis días sin hablarse.

Pero el momento de mayor tensión llegó cuando discutieron por primera vez sobre la descendencia. Segismundo Federico consideró que ya iba siendo hora de reducir las precauciones durante las relaciones maritales para intentar que la princesa quedara encinta y así garantizarse una descendencia. Eugenia Guillermina coincidía en dicha necesidad, pero disentía en los términos de la herencia: el príncipe quería unificar los dos reinos para dar a su primogénito la mayor nación del continente, tan poderosa que podría doblegar a los demás reinos, mientras su mujer prefería dividir las tierras entre el número de herederos, para que todos tuvieran igual trato, siguiendo así la tradición habitual de los reinos del valle.

Días, semanas, meses discutieron, pero el entendimiento era cada vez más improbable. Tras algunos intentos por pacificar la situación, los clérigos de ambos reinos desistieron de sus intentos. Los más viejos del lugar constituyeron un consejo para darles sugerencias y asesoramiento, con nefasto resultado. Llegaron chamanes de todos los continentes para preparar conjuros que fueron del todo infructuosos. Incluso un señor de traje y corbata que parecía venido del futuro planteó la posibilidad de un arbitraje matrimonial, significara lo que significara eso, pero todo fue en vano.

Segismundo Federico calificaba los planes de Eugenia Guillermina de monstruosos, y sólo era cuestión de tiempo que la noticia llegara a los reyes de Strebenburgo. Cuando ocurrió, éstos montaron en cólera. Fue tan grande el enfado que no reflexionaron dos veces antes de mandar todo su ejército contra el indefenso reino de Teilenfalia. El ataque causó cuantiosos daños, pero aun así los atacados pudieron reponerse y contrarrestar al enemigo. La diplomacia y las costumbres de siglos atrás hicieron que los otros reinos salieran en ayuda de la Corona con la que guardaban más afinidad, y pronto todo el valle se vio inmerso en una guerra a la que fueron llamados a filas hasta los desterrados.

La guerra duró los suficientes años como para que toda la investigación, que en el ocaso de la edad media era poca, se volcara al servicio de contienda. Se perfeccionó el uso del fuego hasta tal punto que pronto se halló la forma de incendiar una ciudad con un solo disparo. Los asedios fueron complementados con la quema indiscriminada de campos y tierras. La destrucción llegó a todo el continente, e incluso los territorios insulares y los establecimientos de ultramar fueron alcanzados por un fuego tan mejorado que hasta se había extendido sobre el mar sin apagarse.

Fue tal la virulencia de la guerra que el mundo entero acabó siendo pasto de las llamas. Al descubrir que el fin del mundo estaba llegando en forma de escasez de provisiones y enfermedades por doquier, la humanidad entró en un período de anarquía y desenfreno: los adultos violaban a cuanto ser humano se les interpusiera por el camino sin importar sexo ni edad, y devoraban después sus cadáveres. La desaparición de la raza humana acaeció una semana después, cuando la última mujer sobre la faz de la tierra se mató a sí misma tras discutir con su conciencia interior.

Alarmada por la visión que acababa de tener, Eugenia Guillermina separó sus labios de los de Segismundo Federico y de un salto se puso en pie.

―¡Pero… qué… qué estáis haciendo! ―gritó iracunda―. ¡Insensato! ―Se frotó la boca con la manga del traje y le espetó―: ¿Os dais cuenta de lo que habéis estado a punto de ocasionar?

Sin dar tiempo a que el príncipe contestara, Eugenia Guillermina se recogió el vestido y se dirigió corriendo a sus aposentos. Segismundo Federico, aún estupefacto, miró a los comensales que lo rodeaban, quienes compartían el desconcierto. Un resoplido que provenía del extremo de la mesa lo hizo entornar los ojos, y distinguió allí al Rey de Teilenfalia, apoyado sobre sus puños. Tenía la cara enrojecida y los pómulos hinchados, y su mirada no parecía ser amistosa.

―¿Qué habéis hecho a mi hija, impúdico? ―bramó.

El príncipe de Strebenburgo trató de explicarse, pero de su boca temblorosa no salía sílaba alguna. Sintió un violento empujón y cuatro fornidos brazos lo asieron de sus extremidades, y a una orden del rey fue llevado a los calabozos.

La princesa de Teilenfalia presenció desde su alcoba y con enorme alivio la ejecución en horca de Segismundo Federico, convencida de que había salvado a la humanidad de su completa autodestrucción. Tres días después, un desafortunado tropiezo hizo a su nuca dar de bruces con un escalón que destrozó su masa cerebral. Eso la libró de ver cómo, al poco tiempo, la Corona de Strebenburgo declaraba la guerra a su reino por el ajusticiamiento del joven heredero.

Al poco tiempo ambos príncipes se encontraron de nuevo en el cielo. Desde allí arriba pudieron observar cómo la batalla se iba extendiendo por el valle, y cómo las armas eran perfeccionadas de tal manera que la contienda se extendió por océanos y montañas y acabó exterminando a la humanidad.

―Vaya, pues a lo mejor yo estaba equivocada ―musitó la princesa mientras observaba la destrucción.

―¿Cómo decís?

Eugenia Guillermina dio un respingo, consciente de la torpeza que había supuesto pronunciar aquellas palabras.

―Que a lo mejor no habríais sido tan mal marido ―mintió. Y para dar más consistencia a su excusa se abalanzó sobre Segismundo Federico, rodeó su cuello con los brazos y lo besó, a lo que él se dejó sin ningún impedimento. Después de un magreo que incluyó algunas zonas pudorosas, el príncipe se separó y la miró fijamente.

―¿Quién habló de casarse?

―¡Vos! ―le espetó ella―. ¡Vos queríais desposarme antes de yacer conmigo!

―¡Pardiez! Para una vez que intento ser galán me encuentro con la horma de mi zapato.

Y ambos rompieron a reír, fundidos en un abrazo mientras el mundo terminaba de erradicar los últimos vestigios de vida humana.

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