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Lo lamento, señor ministro

Relato urgente para enfadar al lector
A Undargarín, Blesa, Rato y Cristina de Borbón,
con todo el amor que puede tenerles un hombre de a pie.

El ministro sintió en sus carnes la humillación de ser detenido en medio de la vía pública. Había docenas de curiosos mirando y un equipo de televisión que pasaba por allí por una puñetera casualidad y que ahora estaba grabando la primicia de su vida.El agente apretó las esposas con firmeza pero asegurándose de que no trillaran la piel ni presionaran la muñeca.

―Lamento mucho lo que está sucediendo, señor ministro ―dijo el agente que lo esposaba.

El ministro hizo una mueca de resignación. En el fondo, pensó, podría aun ser peor. Por suerte tenía las gafas de sol puestas, y eso le generaba una sensación de falsa protección que lo ayudó a sobrellevar un poco mejor la detención.

El sargento que coordinaba aquella operación se acercó al detenido.

―Por favor, reciba mis más sinceras disculpas ―se excusó, sin variar su rostro de mala leche―. Sólo estamos cumpliendo nuestro deber.
―Lo sé, sargento… ―El ministro buscó su nombre en la placa de identificación, pero sólo vio un número de siete cifras―. Haga lo que tenga que hacer. No es culpa suya.

La respuesta del ministro desencajó un poco la cara al sargento. Con sensación de amargura abrió la puerta del coche policial e indicó a su subordinado que lo introdujera dentro.

―Cuidado con la cabeza ―dijo el sargento mientras apoyaba su mano en la testa del ministro.

El viaje hasta los calabozos fue lento, tranquilo. El ministro supuso que aquello sería lo habitual, puesto que, una vez detenido el delincuente, podían relajarse de camino a comisaría. Pero lo cierto es que la falta de personal obligaba a cubrir muchos turnos, y por eso los coches de las fuerzas de seguridad siempre van cagando leches allí donde se dirigen. Salvo en esta ocasión.

El ministro miraba con curiosidad a través de la ventana y se sintió aliviado al comprobar que los cristales estaban tintados. De pronto el coche dio un pequeño frenazo y su cuerpo quedó retenido en el asiento. Sorprendido, se miró el torso y comprobó que estaba amarrado.

―Disculpad. ¿Siempre ponéis el cinturón de seguridad a los detenidos?
―Sí, claro ―mintió el conductor.

Ya en comisaría el ministro fue liberado de sus esposas. Sentado en un sofá mullido fue convidado con un hojaldre y un café con leche al que, a petición suya, agregaron un chorrito de licor. Mientras comía, el sargento se acercó de nuevo con gesto grave.

―Nos gustaría dejarlo en libertad tras tomarle declaración, pero el procedimiento nos obliga a ponerlo de inmediato a disposición judicial, así que tal vez deba pasar aquí la noche.
―Sin problemas ―contestó, agitando la mano―. Haced vuestro trabajo sin que os sintáis condicionados. ―Hizo un largo silencio, dio un sorbo al café con leche y sentenció―: Sed ejemplares.

En efecto, el ministro no podía pasar a disposición judicial hasta la mañana siguiente, porque el turno de guardia estaba en huelga protestando por el retraso en los pagos de las dietas. Por ello lo alojaron en un hotel cercano. Una pareja de agentes hacía guardia en la puerta de la habitación durante dos horas, momento en el que llegaba un relevo. Por la mañana, y aunque no estaba contratado, el ministro desayunó en el restaurante junto con los dos agentes de la última guardia, quienes se encargaron de liquidar los gastos a cargo del presupuesto de la comisaría.

La jueza entornó los ojos al recibir al ministro, y los abrió de par en par cuando lo reconoció. Leyó, titubeante, los derechos que le asistían y las obligaciones que eran inherentes a su condición de imputado. El ministro, en voz baja, recitaba los artículos a la vez que la magistrada.

La vista fue rápida y estuvo llena de disculpas. Como los abogados de oficio también estaban de huelga por el mismo motivo que los jueces de guardia, le fue asignado un abogado privado que fue pagado con fondos de libre disposición asignados a la secretaría del juzgado. Después de una semana, el ministro lo despidió y escogió como defensa a la asesoría legal del Ministerio.

Los medios se cebaron inicialmente con el ministro, pero pronto empezaron a surgir otras noticias tanto nacionales como extranjeras, y su caso cayó en el olvido, salvo para algunos medios y grupos políticos marginales que insistían en hablar de la imputación con fines claramente partidistas.

Aunque había sido advertido sobre la lentitud de la Justicia, noticia que le causó sorpresa, el Juzgado pudo sobreseer varios casos de corrupción y malversación de fondos públicos para hacer un hueco en la agenda, que asignaron al caso del ministro.

El fiscal pidió a la jueza la pena de tres años de prisión para el acusado, tras lo que miró al ministro y unió las manos para pedir disculpas. Alguien del público gritó que los cargos que se le imputaban merecían no menos de siete años, y fue expulsado de la sala y llevado a comisaría. Varios asistentes protestaron por no haber sido admitidos como parte acusadora y sufrieron el mismo destino que el primer expulsado.

Al contrario de lo que suele suceder, la fase de instrucción iba a finalizar aquel día. Fue larga, eso sí, pero dos recesos contribuyeron a hacerla más llevadera. El ministro almorzó en un restaurante, compartiendo mesa con el fiscal, y merendó una ración de churros que pidió a medias con la jueza. Todo, por supuesto, pagado por ambos magistrados.

El caso quedó visto para sentencia, no sin antes tener el ministro la última palabra, cuya alocución abrió todos los telediarios de aquel día:

―Señoría, quisiera pedir que el proceso sea lo más honesto posible y se juzgue de acuerdo a lo que dictamina nuestra legislación. No pido una sanción ejemplarizante, pero tampoco un trato privilegiado.

La sentencia se conoció tres meses después. Un circunloquio indescifrable hasta para los juristas más experimentados dio paso al anuncio de la absolución del ministro y a la condena en costas del Estado, abriendo además la puerta a que el exculpado pidiera daños y perjuicios a la Administración por la mediatización del caso y la erosión de su honor personal.

El ministro, su abogado, la jueza y el fiscal se dispusieron a salir triunfantes de la sala, y en el pasillo se encontraron con una muchedumbre furiosa. Temían que fuera una turba descontenta con la absolución del ministro, pero pronto repararon en que miraban con rabia y desasosiego a la sala contigua. De allí salió una mujer arrastrada por dos agentes. Lloraba desesperada y pataleaba con la intención de zafarse, pero no consiguió impedir que se la llevaran a la salida del juzgado, donde esperaba un furgón policial. La turba bramó y siguió a los agentes, que iban escoltados por un ejército de policías. El pasillo quedó entonces casi vacío; permanecieron solo ellos y una multitud de periodistas que cubrían la absolución del ministro, y que estaban ocultos por el gentío. Terminaron de grabar y se fueron.

Un hombre enchaquetado salió de aquella sala contigua. El ministro y su abogado se acercaron a él.

―¿Qué pasó con aquella mujer? ―preguntó el representante del ministro.
―Hizo resistencia pacífica en su desahucio.
―¿Desahucio?
―Sí. Se excusó en la pérdida del trabajo para dejar de pagar la hipoteca y la desahuciaron.
―Debería haberlo pensado antes de dejar de pagar―comentó el ministro―. Estamos rodeados de delincuentes.

El fiscal y la jueza se unieron y permanecieron allí unos minutos charlando y dando la razón al absuelto. Luego se fueron a almorzar al mejor restaurante de la ciudad. Esta vez el ministro se ofreció a pagar y extrajo de su cartera la tarjeta del Ministerio.

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