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Categoría: Relatos

El invierno de la esperanza

Samuel miraba con sus ojos de niño a través del ventanal sucio. Como era habitual, estaba viendo caer copos de nieve desde aquel cielo oscuro. De puntillas, asomado a los cristales, tamborileaba con los dedos mientras tarareaba aquella melodía que tantas veces había escuchado a su madre.

En su ensimismamiento ignoraba los ruidos de cacharros que provenían de la cocina. Reaccionó, sin embargo, a la primera llamada que escuchó de su madre. Abandonó el ventanal y se dirigió corriendo hacia Alicia.

―Dime, mamá.
―¿Ha pasado el señor que te dije?
―No. Todavía no.

Alicia suspiró. Puso una rejilla sobre los troncos, prendió un trozo de papel y lo arrojó a los trozos de madera, a los que las llamas envolvieron de inmediato, lo que llenó la estancia de un fuerte olor a gasolina. A continuación puso el caldero sobre la rejilla y miró de nuevo a su hijo.

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La moción

—¡Orden! ¡¡¡Orden!!! —vociferó el presidente del Parlamento desde su asiento. Abrió enérgicamente sus puños dirigiéndolos hacia las dos enormes puertas de la Cámara, provocando que éstas se cerraran con violencia—. Se abre la sesión. Tiene la palabra el primer ministro.

El presidente del Parlamento era toda una institución. Poseía dos ojos saltones cubiertos por párpados arrugados, y una cabeza poblada por unos pocos pelos que se resistían a caerse. Tendía a sacar el labio inferior como signo de apatía, y, a juzgar por ello, podría decirse que el pobre hombre vivía hastiado las veinticuatro horas del día.

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La primera vez

Era la primera vez que se veían en esa barra, aunque Myriam nunca lo habría sospechado cuando se bajó de su Harley-Davidson del 86. Aprovechando que el sol ya empezaba a ocultarse tras el mar decidió descansar en aquella estación de servicio. Embriagada de velocidad, se prometió que la parada sería breve.

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