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Categoría: Relatos

La eterna estudiosa

A Jazmina le gustaba estudiar. Es más, le chiflaba. No había rato libre que no dedicara a ojear sus apuntes, a elaborar esquemas o a memorizar conceptos. Y en la cena recitaba lo que había estudiado. Lo hacía sonriente, con la ilusión de un niño cuando descubre que debajo de cada piedra hay un mundo lleno de vida.

Umberto escuchaba la perorata de su mujer sin musitar palabra. Sabía que la hora de la cena era el momento en que ella compartía los conocimientos que acababa de aprehender. Pero él no se esforzaba ni en disimular un mínimo de interés por lo que ella le transmitía.

Eran incontables las veces que le había reprochado su afán por los apuntes. Cada vez que él planeaba un plan romántico, o acaso una simple escapada para huir de la rutina, se la encontraba zambullida en los libros. Jazmina, desde su piscina de conocimientos, siempre hacía un gesto pidiendo unos segundos, los justos para terminar el renglón, pero aquellos segundos se convertían en horas y cuando ella daba por acabado el estudio, él ya estaba durmiendo.

Un día, al salir del trabajo, Umberto varió el trayecto a casa por alguna casualidad que aún no logra comprender. Al pasar junto a una librería que no conocía vio expuesto un manual que Jazmina llevaba tiempo buscando. Frente al escaparate discutió consigo mismo hasta que su yo pasional venció a su orgullo y corrió a comprar el libro. Al llegar a casa extrajo el manual, envuelto en un papel de regalo brillante y se acercó al cuarto de estudio.

―Jazmina, tengo una sorpresa para ti.

Ella no se inmutó. Era lo habitual cuando estudiaba, pero esta vez la quietud duró demasiado tiempo. Umberto la llamó varias veces; luego la zarandeó con dulzura y no tuvo respuesta. De forma instintiva le tomó el pulso. El libro se le resbaló de las manos, él cayó de rodillas y rompió a llorar.

No tardó mucho en caer en la cuenta de que su vida sin Jazmina no sería muy diferente de lo que había sido vivir con ella, pero no soportaba la idea de perderla de vista. Ya se había acostumbrado a verla estudiando en aquel cuarto, como si el tiempo se hubiera detenido, mientras él avanzaba a lo largo de la vida. Por ello ordenó embalsamar a su mujer en su eterna pose de estudio, con el nuevo libro abierto en la mesa.

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El candidato

Nicolás agachó la cabeza y miró al césped. Una lágrima se escapó de su ojo, lo que abrió paso a un torrente de tristeza. Alguien le puso la mano en el hombro y reparó en que le había llegado su turno. Con las pocas fuerzas que deja el desánimo agarró la pala, la hincó en la tierra con una mezcla de rabia y abatimiento y lanzó una corta palada sobre la fosa.

El gesto protocolario no redujo su dolor. Sí cortó su llanto, aunque no por mucho tiempo. Ni su lugar en primera fila del multitudinario funeral ni las cámaras de televisión redujeron su flujo lagrimal, que había arreciado al pensar que de un momento a otro tendría que dar una segunda palada.

Entonces llegó él.

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De los peligros de la fogosidad

 

Hallábase Cristóbal Colón iniciando su cuarto viaje cuando todas las familias reales de un vasto valle de Centroeuropa inauguraron la tradicional cena bianual, en la que se dedicaban a resolver las discrepancias diplomáticas que hubieran ido surgiendo. Las monarquías acudían acompañadas de sus propias comitivas, algunas modestas pero otras más vastas, como la del reino de Strebenburgo, que había crecido a base de casar a sus herederos con los de otras Coronas. La sede de la cena se decidía por turno, y esta vez tocaba en el joven reino de Teilenfalia.

No habían transcurrido aún dos horas desde que el banquete diera comienzo y ya estaba Eugenia Guillermina, heredera del trono de Teilenfalia, tomada de las manos de un tímido Segismundo Federico, aspirante a coronarse algún día rey de Strebenburgo. El pavipollo estofado en salsa de girasol y nueces se enfriaba en el plato de Eugenia Guillermina sin que ella prestase mayor atención al condumio, mientras su interlocutor miraba de reojo las viandas, tratando de encontrar el momento oportuno para liberar sus manos de las garras de la heredera de Teilenfalia y lanzarse a comer como un descosido.

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Paladar

Con las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, Pietr contemplaba embelesado aquella bola de queso curado. Le faltaba una porción, y la tabla de madera en la que se apoyaba estaba manchada de los mil alimentos que antes habrían pasado por ella. A pesar de los rudos trazos del lienzo, Pietr casi podía sentir el olor de aquel queso de cabra. Se sorprendió a sí mismo masticando aire con sutileza mientras sus papilas gustativas expelían saliva a raudales, y sólo vino a detener su degustación virtual cuando un tumulto se detuvo a su lado y uno de sus integrantes lo empujó por accidente. El involuntario agresor dijo algo en un idioma desconocido y acto seguido se afanó en tomar unas quince o dieciséis fotos de aquel cuadro antes de que el guía los dirigiera al siguiente lienzo.

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Lo lamento, señor ministro

Relato urgente para enfadar al lector
A Undargarín, Blesa, Rato y Cristina de Borbón,
con todo el amor que puede tenerles un hombre de a pie.

El ministro sintió en sus carnes la humillación de ser detenido en medio de la vía pública. Había docenas de curiosos mirando y un equipo de televisión que pasaba por allí por una puñetera casualidad y que ahora estaba grabando la primicia de su vida.El agente apretó las esposas con firmeza pero asegurándose de que no trillaran la piel ni presionaran la muñeca.

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El invierno de la esperanza

Samuel miraba con sus ojos de niño a través del ventanal sucio. Como era habitual, estaba viendo caer copos de nieve desde aquel cielo oscuro. De puntillas, asomado a los cristales, tamborileaba con los dedos mientras tarareaba aquella melodía que tantas veces había escuchado a su madre.

En su ensimismamiento ignoraba los ruidos de cacharros que provenían de la cocina. Reaccionó, sin embargo, a la primera llamada que escuchó de su madre. Abandonó el ventanal y se dirigió corriendo hacia Alicia.

―Dime, mamá.
―¿Ha pasado el señor que te dije?
―No. Todavía no.

Alicia suspiró. Puso una rejilla sobre los troncos, prendió un trozo de papel y lo arrojó a los trozos de madera, a los que las llamas envolvieron de inmediato, lo que llenó la estancia de un fuerte olor a gasolina. A continuación puso el caldero sobre la rejilla y miró de nuevo a su hijo.

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La moción

—¡Orden! ¡¡¡Orden!!! —vociferó el presidente del Parlamento desde su asiento. Abrió enérgicamente sus puños dirigiéndolos hacia las dos enormes puertas de la Cámara, provocando que éstas se cerraran con violencia—. Se abre la sesión. Tiene la palabra el primer ministro.

El presidente del Parlamento era toda una institución. Poseía dos ojos saltones cubiertos por párpados arrugados, y una cabeza poblada por unos pocos pelos que se resistían a caerse. Tendía a sacar el labio inferior como signo de apatía, y, a juzgar por ello, podría decirse que el pobre hombre vivía hastiado las veinticuatro horas del día.

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La primera vez

Era la primera vez que se veían en esa barra, aunque Myriam nunca lo habría sospechado cuando se bajó de su Harley-Davidson del 86. Aprovechando que el sol ya empezaba a ocultarse tras el mar decidió descansar en aquella estación de servicio. Embriagada de velocidad, se prometió que la parada sería breve.

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