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Categoría: Relatos

Una historia enrevesada

El silencio se apoderó del rellano, la escalera y hasta de los locales del edificio. Sólo el olor a metralla dejaba claro que aquélla no era una mañana cualquiera.

—¿Qué ha ocurrido? —se atrevió a preguntar alguien al llegar a la quinta planta.

No hubo más respuesta que un dedo señalando la puerta, abierta a tiros, a lo que respondió con un grito ahogado. Un agente de policía se asomó desde el vestíbulo y miró con gravedad a los curiosos quienes, pese a las advertencias, habían permanecido allí. Finalmente el funcionario fue tajante:

—No abandonar el escenario del crimen es un delito de obstrucción.

Los presentes dieron un respingo y comenzaron a bajar por la escalera. Lo hicieron en silencio, como si hablar de lo que habían visto también fuera ilegal.

Cuando llegaron al segundo piso uno de ellos sacó sus llaves, que tintinearon con el temblor de su mano.

—Entrad. Prepararé tila para calmarnos.

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Shōryū de Occidente

Ganador del primer premio del concurso de otoño 2019 de ¡¡Ábrete libro!!

12 de diciembre de 1492

La bruma que emanaba de las olas le habían hecho dar dos falsas alarmas, pero a la tercera pudo ver con sus propios ojos lo que parecía una costa borrosa apareciendo en el horizonte.

—¡Tierra a la vista!

Con la emoción de haber cumplido por fin con su cometido bajó de la cofa, tanteando con cuidado los tablones de la escala cimbreante, y, cuando estaba a un metro del suelo, saltó para aterrizar sobre sus piernas.

—¡Tierra a la vista, capitán! —repitió, corriendo hacia el camarote principal.

Alcanzó la enorme puerta de madera. Se asomó por el ventanuco y, al no apreciar ningún movimiento, empezó a aporrear.

—¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista!

La puerta se abrió, protestando con un largo gruñido, y desveló a un capitán ojeroso y al que le costaba tenerse en pie.

—Apenas ha amanecido. ¿A qué tanto alboroto?
—¡Tierra a la vi…!

El capitán lo agarró por el pescuezo.

—Más os vale que así sea, o seréis vianda para tiburones.

El grumetillo tragó saliva como pudo.

—Es cierto, mi capitán. Comprobadlo vos si queréis —acertó a pronunciar con voz gutural.

El capitán soltó al grumetillo, que cayó al suelo y tosió presa de la asfixia, y se dirigió al camarote donde dormía el navegante de guardia. Golpeó la puerta con insistencia y reclamó, a voces, que le proporcionaran un catalejo. Finalmente una mano asomó con el instrumento. El capitán lo agarró y echó a andar, sonando tras de sí un portazo rabioso.

Con la experiencia que dan cuatro semanas de navegación, el capitán anduvo los cuarenta pies que lo separaban de la proa sin trastabillarse por los golpes de mar. Al llegar miró por el catalejo.

—El grumetillo tiene razón. ¡Hemos hallado tierra! —celebró.

Escuchó un chasquido a su lado. Dejó el catalejo y, al virarse, descubrió al vigía principal con la cara avinagrada.

—¿Qué ocurre, Sancho? —preguntó el capitán.

—Cinco lustros llevo embarcándome en toda nao que se me cruzaba para hacer de vigía. Cinco lustros oteando el horizonte para avistar tierra. Y será ese mocoso suplente a quien recuerden en cantares populares.

El capitán esbozó una sonrisa y dejó asomar un colmillo. La competencia a bordo era motivo de frecuentes altercados, pero él estaba convencido de que la codicia y la vanidad de los tripulantes generaban una competencia positiva para la expedición.

—Tranquilo. Me encargaré de que sea vuestro nombre el que resuene en todas las plazas del Reino.

Aquel anuncio pareció reconfortar al vigía, quien estuvo el resto del viaje aconsejando al capitán sobre qué ruta abordar para atracar en aquella tierra.

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La cálida brisa del desierto

Ojalá no estuviera basado en hechos reales.

Como cualquier otro día, aquel 21 de febrero de 1987 el desierto de Atacama era testigo de cómo el sol había ido desapareciendo del cielo. Dejaba en su lugar un rastro entre naranja y rosado que parecía brotar de Calama, la ciudad que se escondía tras aquella montaña de color arena. Martina contemplaba con el mismo embelesamiento de siempre aquella paleta de colores mientras esperaba apoyada en el capó de su Renault 4. Una brisa aún tibia le acariciaba la cara y jugaba con su pelo corto y negro carbón, como queriendo recordar la capacidad del desierto de Atacama para conservar el calor del día durante unas horas más.

De pronto una nube de arena la abrazó desde la espalda y una consecución de ruidos mecánicos la trajo de vuelta de aquel embelesamiento. Notaba la vieja Renoleta temblar bajo sus glúteos al son de las palas excavadoras que horadaban el suelo. Se viró y volvió a ver aquellas máquinas apuñalando la tierra que una vez fue su propio puñal, y recordó entonces a su hija, Amanda, jugando en la tierra apenas cuatro años antes.

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Una vez más

Un portazo anunció la llegada de Fernando a casa. El golpe hizo temblar los cuadros de la pared y asustó a una paloma que estaba posada en la cornisa de la ventana, que echó a volar; pero no a su mujer. Bárbara asomó la cabeza por la puerta del cuarto de lectura, corroboró la llegada de su marido y volvió a meterse sin saludarlo. Al percatarse de ello, Fernando fue a su encuentro.

—¿Ya no saludas?
—No si traes tus problemas contigo.

Fernando dio un respingo y tragó un nudo. Miró al suelo un largo rato y cuando alzó la vista musitó una disculpa que Bárbara aceptó alzando las cejas en señal de advertencia. A continuación él se fue al dormitorio, se acostó boca abajo en la cama y comenzó a sollozar.

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Su perdón

Todo el tanatorio era un silencio lacrimoso. La congregación de asistentes al duelo era tan multitudinaria que las dos salas habilitadas y el pasillo central no daban abasto, por lo que el personal había tenido que retirar algunas mesas para que los presentes no estuvieran tan apretujados.

Pero yo seguía sentada en un lugar privilegiado. Me había agenciado un sillón desde el que podía mirar a mi nieto sin tener que girar el cuello, y a la vez estaba orientada a la puerta, de modo que también me permitía ver quién entraba en la sala.

Desde la primera visita hasta la última, todas las personas que entraban se quedaban petrificadas al enfocarme, compungían su gesto y me dedicaban unas pocas palabras con la voz quebrada y la sinceridad rebosando por sus comisuras. Incluso creo que trataban de consolarme más a mí que a mi nuera, supongo que por ser una vieja que ha visto la muerte rondar cada vez con más frecuencia. Creo que aún tengo los ojos de mi nuera clavados como puñales.

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Su perdón

Todo el tanatorio era un silencio lacrimoso. La congregación de asistentes al duelo era tan multitudinaria que las dos salas habilitadas y el pasillo central no daban abasto, por lo que el personal había tenido que retirar algunas mesas para que los presentes no estuvieran tan apretujados.

Pero yo seguía sentada en un lugar privilegiado. Me había agenciado un sillón desde el que podía mirar a mi nieto sin tener que girar el cuello, y a la vez estaba orientada a la puerta, de modo que también me permitía ver quién entraba en la sala.

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La soledad del mar

La soledad está infravalorada. A lo largo del tiempo he elaborado una teoría sobre la soledad que espero poder difundir a la humanidad algún día, aunque la compañía sea lo más pernicioso que haya para el ser humano. Creo haber contado más de doscientos mil amaneceres, y no exagero, desde que naufragó nuestro barco. Nunca aprendí a calcular cuántos años ―o siglos― supone eso, pero deben ser muchos. Muchísimos.

Nunca me caractericé por ser alguien muy sociable. En realidad nadie a mi alrededor lo era. Nos criamos en aquel barco, y en aquel barco nos forjamos como adultos. Sólo sabíamos obedecer las órdenes del capitán. Primero, Olstein; y después de morir devorado por los tiburones, Hillspring.

Qué habrá sido de ellos.

Ahora el mar está algo movido, por suerte. Estoy tan acostumbrado al escarceo de las olas que, cuando está en calma, me mareo. Ayer fue horrible. El mar era un plato y yo era un andrajo blanco botado en el suelo de la balsa. Ahora tengo mejor color. Me gusta esta combinación de piel tostada y pelo rubio y quemado por la sal.

Recuerdo el terrible mareo y las arcadas. No tener nada en el estómago no sirve de mucho si las náuseas son violentas, y las de ayer lo eran. En verdad debo llevar como siete meses sin comer. Por suerte, en soledad no siento hambre, pero cuando algún animal me visita me empiezan todos los achaques, y no sólo los estomacales.

Aquel último banquete fueron tres boquerones que se dejó un pingüino algo desnortado. Me intentó dar un poco de conversación, pero se marchó cuando mi única respuesta fue un chillido provocado por un pinzamiento en la columna; cosas de la edad, me dije para engañarme. Mientras se alejaba remitieron el dolor y el hambre. El primer boquerón entró rápido por el gaznate, el segundo me sació y el tercero me lo comí de puro vicio. Sí, claro: como buen humano no puedo escapar a la gula.

Ni a la lujuria, tampoco, aunque eso me ha ocasionado alguna que otra mala experiencia. La peor ocurrió hará no sé cuántos días, tal vez diez mil, tal vez veinte mil. Me crucé con una sirena, y yo estaba más lozano y los achaques me respetaban algo más. La sirena era guapa, guapísima, y estaba muy pechugona, para qué negarlo. Fue la única noche desde el naufragio que dormí acurrucado a alguien. Y, como nos pasa a los hombres, el amanecer me despertó por partida doble, pero las gónadas de aquella sirena estaban llenas de escamas lacerantes y la eché al mar tan pronto empecé a sangrar. Las heridas tardaron unos doce días en curarse.

Hillspring… Qué habrá sido del joven capitán.

Era como un padre para mí, aunque fuera más joven que yo. Cuando eres grumete, lo eres para siempre, y siempre mirarás al capitán como tu padre, aunque tú pudieras ser su abuelo. Es la ley del mar.

El capitán Hillspring escogió el peor día posible para abordar la Santa María. Estábamos bien informados de los planes del Reino de Castilla para alcanzar Las Indias, e íbamos a hacernos con aquella nao poderosa, pero una inoportuna tormenta se topó en nuestro camino. Todos los marineros nos habíamos reunido, debatimos y acordamos en asamblea que aquella era una aventura imposible con las condiciones climáticas reinantes, pero nadie se atrevió a decírselo a Hillspring por miedo a contradecirlo.

Qué habrá sido de ellos…

Je… El cascarrabias de Hillspring, que intentaba irritarme diciéndome que era un inútil con las manualidades, se habría sorprendido al ver que la balsa ha aguantado hasta hoy. La construí con aquellas tablas del casco del barco y unas sogas improvisadas con intestinos de algunos compañeros que acabaron devorados por tiburones. Y la vela la obtuve de… ¿Qué es esa mancha en la tela? Ah, debe ser el regalo escatológico que me obsequió aquella gaviota parlanchina.

Odio a las gaviotas. Son confianzudas y desconfiadas a la vez. Estaba empeñada en que le contestara cuándo había empezado a hablar con los animales, y al explicarle que había sido algo espontaneo insistía en que le dijera la verdad. Se marchó cuando un crujido en la cadera me hizo caer al suelo de la balsa, no sin antes dejarme ese ave del infierno su asqueroso sello de visita.

¿Por dónde iba? Ah, sí; por la soledad. La soledad me mantiene vigoroso, y la compañía hace que me vuelvan el hambre y los dolores articulares. ¿Por qué? Lo desconozco, pero si ha ocurrido durante más de doscientos mil días supongo que no será por casualidad.

A veces veo barcos de aspecto robusto surcar el horizonte y me pregunto si son producto de mi imaginación o resultado de la evolución de la humanidad. Y, si la base de la civilización es la relación social entre personas, me pregunto cuántas vidas se habrán consumido en todo este tiempo en nombre de la compañía y la socialización. Cuántas personas habrán trabado amistad para asegurarse una muerte feliz cuando pueden garantizarse la vida eterna en una balsa que flota de forma precaria en mitad del océano.

Pobres infelices.

Ahí cruza el cielo otra de esas aves que dejan estelas blancas a su paso. Supongo que siempre tendré la duda de por qué empezaron a aparecer de un tiempo a esta parte.

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Elio y Selena

Selena sentía aún la presión de la última embestida de Elio cuando exhaló un último suspiro y relajó sus músculos sobre la paja. De inmediato, un trallazo tibio impactó en su abdomen, y al bufido de Elio le siguieron las risas cómplices de ambos, que se fundieron en un abrazo. Sentía algunas punzadas en la espalda, pero después de varios encuentros ya se había acostumbrado.

Elio tomó un trapo y se secó su miembro; luego hizo lo mismo en el abdomen de Selena. A continuación se levantó, se sacudió su pelo rubio y, con los brazos en jarra, miró a Selena en su plenitud.

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Mis últimos instantes de cordura

Estoy en el suelo, aturdida, desorientada. Me duele todo el cuerpo. Tengo la sensación de haberme despertado de pronto, pero no recuerdo cuando me acosté. El suelo está húmedo, y por el tacto con la palma de mi mano descubro que también está pringoso.

No consigo ver nada. Abro los ojos con todas mis fuerzas, miro a un lado y a otro en busca de algún punto de luz, pero por mis córneas sólo penetra la oscuridad.

Mis músculos parecen agarrotados, y me cuesta un mundo enderezar mi espalda hasta quedar sentada. Apoyo la espalda en la pared rugosa, una de cuyas protuberancias me produce una punzada en la espalda. El acto reflejo hace que dé un pequeño brinco y me separe de ella. Me llevo la mano al punto de dolor y deduzco que ha sido sólo un pinchazo, pero al tacto con la camiseta noto la tela con un tacto terroso. Me palpo entonces por delante y también siento esa textura sucia y reseca.

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El correo secreto del Zar siempre pasa dos veces

Nikolái paseaba nervioso de un lado a otro de la colosal sala de visitas. Trescientos pasos debía dar de pared a pared, y cuando alcanzaba un extremo de la estancia daba la vuelta y reiniciaba el recuento. Ésa era su estrategia para no sucumbir al desasosiego.

Seguía andando con las manos en la espalda, su larga figura apocada por la preocupación y la barbilla casi rozándole el pecho cuando se abrió la puerta del servicio. De inmediato se viró hacia ella y se acercó dando zancadas. Por un momento se dibujó un halo de esperanza en su rostro, pero cuando vio entrar a la comitiva de camareras de piso se detuvo, desapareció la incipiente sonrisa bajo el populoso bigote y volvió la pesadumbre a su rostro.

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