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Categoría: Relatos

Su perdón

Todo el tanatorio era un silencio lacrimoso. La congregación de asistentes al duelo era tan multitudinaria que las dos salas habilitadas y el pasillo central no daban abasto, por lo que el personal había tenido que retirar algunas mesas para que los presentes no estuvieran tan apretujados.

Pero yo seguía sentada en un lugar privilegiado. Me había agenciado un sillón desde el que podía mirar a mi nieto sin tener que girar el cuello, y a la vez estaba orientada a la puerta, de modo que también me permitía ver quién entraba en la sala.

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La soledad del mar

La soledad está infravalorada. A lo largo del tiempo he elaborado una teoría sobre la soledad que espero poder difundir a la humanidad algún día, aunque la compañía sea lo más pernicioso que haya para el ser humano. Creo haber contado más de doscientos mil amaneceres, y no exagero, desde que naufragó nuestro barco. Nunca aprendí a calcular cuántos años ―o siglos― supone eso, pero deben ser muchos. Muchísimos.

Nunca me caractericé por ser alguien muy sociable. En realidad nadie a mi alrededor lo era. Nos criamos en aquel barco, y en aquel barco nos forjamos como adultos. Sólo sabíamos obedecer las órdenes del capitán. Primero, Olstein; y después de morir devorado por los tiburones, Hillspring.

Qué habrá sido de ellos.

Ahora el mar está algo movido, por suerte. Estoy tan acostumbrado al escarceo de las olas que, cuando está en calma, me mareo. Ayer fue horrible. El mar era un plato y yo era un andrajo blanco botado en el suelo de la balsa. Ahora tengo mejor color. Me gusta esta combinación de piel tostada y pelo rubio y quemado por la sal.

Recuerdo el terrible mareo y las arcadas. No tener nada en el estómago no sirve de mucho si las náuseas son violentas, y las de ayer lo eran. En verdad debo llevar como siete meses sin comer. Por suerte, en soledad no siento hambre, pero cuando algún animal me visita me empiezan todos los achaques, y no sólo los estomacales.

Aquel último banquete fueron tres boquerones que se dejó un pingüino algo desnortado. Me intentó dar un poco de conversación, pero se marchó cuando mi única respuesta fue un chillido provocado por un pinzamiento en la columna; cosas de la edad, me dije para engañarme. Mientras se alejaba remitieron el dolor y el hambre. El primer boquerón entró rápido por el gaznate, el segundo me sació y el tercero me lo comí de puro vicio. Sí, claro: como buen humano no puedo escapar a la gula.

Ni a la lujuria, tampoco, aunque eso me ha ocasionado alguna que otra mala experiencia. La peor ocurrió hará no sé cuántos días, tal vez diez mil, tal vez veinte mil. Me crucé con una sirena, y yo estaba más lozano y los achaques me respetaban algo más. La sirena era guapa, guapísima, y estaba muy pechugona, para qué negarlo. Fue la única noche desde el naufragio que dormí acurrucado a alguien. Y, como nos pasa a los hombres, el amanecer me despertó por partida doble, pero las gónadas de aquella sirena estaban llenas de escamas lacerantes y la eché al mar tan pronto empecé a sangrar. Las heridas tardaron unos doce días en curarse.

Hillspring… Qué habrá sido del joven capitán.

Era como un padre para mí, aunque fuera más joven que yo. Cuando eres grumete, lo eres para siempre, y siempre mirarás al capitán como tu padre, aunque tú pudieras ser su abuelo. Es la ley del mar.

El capitán Hillspring escogió el peor día posible para abordar la Santa María. Estábamos bien informados de los planes del Reino de Castilla para alcanzar Las Indias, e íbamos a hacernos con aquella nao poderosa, pero una inoportuna tormenta se topó en nuestro camino. Todos los marineros nos habíamos reunido, debatimos y acordamos en asamblea que aquella era una aventura imposible con las condiciones climáticas reinantes, pero nadie se atrevió a decírselo a Hillspring por miedo a contradecirlo.

Qué habrá sido de ellos…

Je… El cascarrabias de Hillspring, que intentaba irritarme diciéndome que era un inútil con las manualidades, se habría sorprendido al ver que la balsa ha aguantado hasta hoy. La construí con aquellas tablas del casco del barco y unas sogas improvisadas con intestinos de algunos compañeros que acabaron devorados por tiburones. Y la vela la obtuve de… ¿Qué es esa mancha en la tela? Ah, debe ser el regalo escatológico que me obsequió aquella gaviota parlanchina.

Odio a las gaviotas. Son confianzudas y desconfiadas a la vez. Estaba empeñada en que le contestara cuándo había empezado a hablar con los animales, y al explicarle que había sido algo espontaneo insistía en que le dijera la verdad. Se marchó cuando un crujido en la cadera me hizo caer al suelo de la balsa, no sin antes dejarme ese ave del infierno su asqueroso sello de visita.

¿Por dónde iba? Ah, sí; por la soledad. La soledad me mantiene vigoroso, y la compañía hace que me vuelvan el hambre y los dolores articulares. ¿Por qué? Lo desconozco, pero si ha ocurrido durante más de doscientos mil días supongo que no será por casualidad.

A veces veo barcos de aspecto robusto surcar el horizonte y me pregunto si son producto de mi imaginación o resultado de la evolución de la humanidad. Y, si la base de la civilización es la relación social entre personas, me pregunto cuántas vidas se habrán consumido en todo este tiempo en nombre de la compañía y la socialización. Cuántas personas habrán trabado amistad para asegurarse una muerte feliz cuando pueden garantizarse la vida eterna en una balsa que flota de forma precaria en mitad del océano.

Pobres infelices.

Ahí cruza el cielo otra de esas aves que dejan estelas blancas a su paso. Supongo que siempre tendré la duda de por qué empezaron a aparecer de un tiempo a esta parte.

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Elio y Selena

Selena sentía aún la presión de la última embestida de Elio cuando exhaló un último suspiro y relajó sus músculos sobre la paja. De inmediato, un trallazo tibio impactó en su abdomen, y al bufido de Elio le siguieron las risas cómplices de ambos, que se fundieron en un abrazo. Sentía algunas punzadas en la espalda, pero después de varios encuentros ya se había acostumbrado.

Elio tomó un trapo y se secó su miembro; luego hizo lo mismo en el abdomen de Selena. A continuación se levantó, se sacudió su pelo rubio y, con los brazos en jarra, miró a Selena en su plenitud.

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El correo secreto del Zar siempre pasa dos veces

Nikolái paseaba nervioso de un lado a otro de la colosal sala de visitas. Trescientos pasos debía dar de pared a pared, y cuando alcanzaba un extremo de la estancia daba la vuelta y reiniciaba el recuento. Ésa era su estrategia para no sucumbir al desasosiego.

Seguía andando con las manos en la espalda, su larga figura apocada por la preocupación y la barbilla casi rozándole el pecho cuando se abrió la puerta del servicio. De inmediato se viró hacia ella y se acercó dando zancadas. Por un momento se dibujó un halo de esperanza en su rostro, pero cuando vio entrar a la comitiva de camareras de piso se detuvo, desapareció la incipiente sonrisa bajo el populoso bigote y volvió la pesadumbre a su rostro.

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La oportunidad de Horchner

Entre crujidos de la madera y balanceos del camarote, el capitán Horchner dormitaba cuando la puerta se abrió de forma súbita, emitiendo un chirrido agudo. Asustado, dio un brinco y simulo estar leyendo el diario de a bordo mientras se retiraba las legañas con disimulo. Cuando alzó los ojos pudo distinguir el contorno del contramaestre, cuya sonrisa socarrona pasó desapercibida para el capitán gracias al contraluz.

―¿Qué ocurre? ―preguntó con sequedad a la vez que trataba de disimular la voz soñolienta.
―Mi capitán, debe venir inmediatamente.
―Estoy ocupado ―contestó devolviendo la mirada al diario de abordo―. Interrumpidme sólo para cosas importantes.
―Se trata de Fairchild, mi capitán. Ha empeorado.

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La eterna estudiosa

A Jazmina le gustaba estudiar. Es más, le chiflaba. No había rato libre que no dedicara a ojear sus apuntes, a elaborar esquemas o a memorizar conceptos. Y en la cena recitaba lo que había estudiado. Lo hacía sonriente, con la ilusión de un niño cuando descubre que debajo de cada piedra hay un mundo lleno de vida.

Umberto escuchaba la perorata de su mujer sin musitar palabra. Sabía que la hora de la cena era el momento en que ella compartía los conocimientos que acababa de aprehender. Pero él no se esforzaba ni en disimular un mínimo de interés por lo que ella le transmitía.

Eran incontables las veces que le había reprochado su afán por los apuntes. Cada vez que él planeaba un plan romántico, o acaso una simple escapada para huir de la rutina, se la encontraba zambullida en los libros. Jazmina, desde su piscina de conocimientos, siempre hacía un gesto pidiendo unos segundos, los justos para terminar el renglón, pero aquellos segundos se convertían en horas y cuando ella daba por acabado el estudio, él ya estaba durmiendo.

Un día, al salir del trabajo, Umberto varió el trayecto a casa por alguna casualidad que aún no logra comprender. Al pasar junto a una librería que no conocía vio expuesto un manual que Jazmina llevaba tiempo buscando. Frente al escaparate discutió consigo mismo hasta que su yo pasional venció a su orgullo y corrió a comprar el libro. Al llegar a casa extrajo el manual, envuelto en un papel de regalo brillante y se acercó al cuarto de estudio.

―Jazmina, tengo una sorpresa para ti.

Ella no se inmutó. Era lo habitual cuando estudiaba, pero esta vez la quietud duró demasiado tiempo. Umberto la llamó varias veces; luego la zarandeó con dulzura y no tuvo respuesta. De forma instintiva le tomó el pulso. El libro se le resbaló de las manos, él cayó de rodillas y rompió a llorar.

No tardó mucho en caer en la cuenta de que su vida sin Jazmina no sería muy diferente de lo que había sido vivir con ella, pero no soportaba la idea de perderla de vista. Ya se había acostumbrado a verla estudiando en aquel cuarto, como si el tiempo se hubiera detenido, mientras él avanzaba a lo largo de la vida. Por ello ordenó embalsamar a su mujer en su eterna pose de estudio, con el nuevo libro abierto en la mesa.

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El candidato

Nicolás agachó la cabeza y miró al césped. Una lágrima se escapó de su ojo, lo que abrió paso a un torrente de tristeza. Alguien le puso la mano en el hombro y reparó en que le había llegado su turno. Con las pocas fuerzas que deja el desánimo agarró la pala, la hincó en la tierra con una mezcla de rabia y abatimiento y lanzó una corta palada sobre la fosa.

El gesto protocolario no redujo su dolor. Sí cortó su llanto, aunque no por mucho tiempo. Ni su lugar en primera fila del multitudinario funeral ni las cámaras de televisión redujeron su flujo lagrimal, que había arreciado al pensar que de un momento a otro tendría que dar una segunda palada.

Entonces llegó él.

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De los peligros de la fogosidad

 

Hallábase Cristóbal Colón iniciando su cuarto viaje cuando todas las familias reales de un vasto valle de Centroeuropa inauguraron la tradicional cena bianual, en la que se dedicaban a resolver las discrepancias diplomáticas que hubieran ido surgiendo. Las monarquías acudían acompañadas de sus propias comitivas, algunas modestas pero otras más vastas, como la del reino de Strebenburgo, que había crecido a base de casar a sus herederos con los de otras Coronas. La sede de la cena se decidía por turno, y esta vez tocaba en el joven reino de Teilenfalia.

No habían transcurrido aún dos horas desde que el banquete diera comienzo y ya estaba Eugenia Guillermina, heredera del trono de Teilenfalia, tomada de las manos de un tímido Segismundo Federico, aspirante a coronarse algún día rey de Strebenburgo. El pavipollo estofado en salsa de girasol y nueces se enfriaba en el plato de Eugenia Guillermina sin que ella prestase mayor atención al condumio, mientras su interlocutor miraba de reojo las viandas, tratando de encontrar el momento oportuno para liberar sus manos de las garras de la heredera de Teilenfalia y lanzarse a comer como un descosido.

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Paladar

Con las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, Pietr contemplaba embelesado aquella bola de queso curado. Le faltaba una porción, y la tabla de madera en la que se apoyaba estaba manchada de los mil alimentos que antes habrían pasado por ella. A pesar de los rudos trazos del lienzo, Pietr casi podía sentir el olor de aquel queso de cabra. Se sorprendió a sí mismo masticando aire con sutileza mientras sus papilas gustativas expelían saliva a raudales, y sólo vino a detener su degustación virtual cuando un tumulto se detuvo a su lado y uno de sus integrantes lo empujó por accidente. El involuntario agresor dijo algo en un idioma desconocido y acto seguido se afanó en tomar unas quince o dieciséis fotos de aquel cuadro antes de que el guía los dirigiera al siguiente lienzo.

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Lo lamento, señor ministro

Relato urgente para enfadar al lector
A Undargarín, Blesa, Rato y Cristina de Borbón,
con todo el amor que puede tenerles un hombre de a pie.

El ministro sintió en sus carnes la humillación de ser detenido en medio de la vía pública. Había docenas de curiosos mirando y un equipo de televisión que pasaba por allí por una puñetera casualidad y que ahora estaba grabando la primicia de su vida.El agente apretó las esposas con firmeza pero asegurándose de que no trillaran la piel ni presionaran la muñeca.

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