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Categoría: Literatura

Fuego frío

Maldito seas, fuego frío,
que acampas a tus anchas por mis tierras,
que ardes los arbustos de un soplido
y sonríes en el blanco de tus ojos
mientras haces inventario de amigos.

Maldito seas, fuego frío.
Apostado en tu sofá prendes la llama
que arrasa nuestros sueños y principios.
Y señalas, con tu dedo de verdugo,
al cómplice que recibirá el castigo.

Maldito seas, fuego frío.
¿A quién hemos de culpar por tu presencia?
¿Al que te encendió, con o sin motivo,
o al que pudo apagarte aún a tiempo?
Sólo pido que nunca te salve el olvido.

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La mochila

Se puso la mochila a la espalda y emprendió el camino. Llevaba tres mudas, viandas suficientes para el trayecto y el poco dinero que le quedaba; esperaba que con eso pudiera afrontar los kilómetros que le separaban de la frontera. Ya en tierra prometida, más allá de las montañas, buscaría la forma de ganarse la vida, pero no iba a gastar ni un minuto más de su tiempo en aquel país, antes querido y ahora odiado.

Cruzó la frontera con los últimos tres céntimos que le quedaban. Los arrojó al suelo y se sacudió la tierra de los zapatos. «No hay equipaje más pesado que los recuerdos», pensó. Y, ya más ligero, siguió caminando hasta el cartel que anunciaba, en idioma extranjero, que había una vacante para limpiar los pozos negros del hostal. Y por fin sintió un soplo de aire fresco.

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Cien

Uno, dos, tres… así hasta cien. Cien son los barrotes de la celda en la que me hallo encerrado. Ignoro cómo he llegado aquí. Tampoco se me ha ocurrido cómo escapar. Todo el esfuerzo lo dedico una y otra vez, una y otra vez, a contar estos barrotes. Cien. Ni uno más. Ni uno menos.

Uno, dos, tres… Si cuento cien, una nube de sosiego me envuelve en sus brazos, pero me zafo de inmediato para contar de nuevo. Si el recuento resulta inexacto, vuelvo al principio y cuento con desesperación.

Cien son los barrotes de esta celda. Cien, creo.

A magali, por enseñarme el mundo de los drabbles, obras literarias de exactamente cien palabras.

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Un mundo nuevo

Extendió sus brazos y acogió con ellos a su marido y a sus hijos. Los rodeó el calor, la oscuridad y el polvo, y supo que morirían en un segundo o en una semana, pero que morirían. Y la congoja se tornó alivio. ¿Quién querría vivir en el mundo que nacía en ese instante?

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La eterna estudiosa

A Jazmina le gustaba estudiar. Es más, le chiflaba. No había rato libre que no dedicara a ojear sus apuntes, a elaborar esquemas o a memorizar conceptos. Y en la cena recitaba lo que había estudiado. Lo hacía sonriente, con la ilusión de un niño cuando descubre que debajo de cada piedra hay un mundo lleno de vida.

Umberto escuchaba la perorata de su mujer sin musitar palabra. Sabía que la hora de la cena era el momento en que ella compartía los conocimientos que acababa de aprehender. Pero él no se esforzaba ni en disimular un mínimo de interés por lo que ella le transmitía.

Eran incontables las veces que le había reprochado su afán por los apuntes. Cada vez que él planeaba un plan romántico, o acaso una simple escapada para huir de la rutina, se la encontraba zambullida en los libros. Jazmina, desde su piscina de conocimientos, siempre hacía un gesto pidiendo unos segundos, los justos para terminar el renglón, pero aquellos segundos se convertían en horas y cuando ella daba por acabado el estudio, él ya estaba durmiendo.

Un día, al salir del trabajo, Umberto varió el trayecto a casa por alguna casualidad que aún no logra comprender. Al pasar junto a una librería que no conocía vio expuesto un manual que Jazmina llevaba tiempo buscando. Frente al escaparate discutió consigo mismo hasta que su yo pasional venció a su orgullo y corrió a comprar el libro. Al llegar a casa extrajo el manual, envuelto en un papel de regalo brillante y se acercó al cuarto de estudio.

―Jazmina, tengo una sorpresa para ti.

Ella no se inmutó. Era lo habitual cuando estudiaba, pero esta vez la quietud duró demasiado tiempo. Umberto la llamó varias veces; luego la zarandeó con dulzura y no tuvo respuesta. De forma instintiva le tomó el pulso. El libro se le resbaló de las manos, él cayó de rodillas y rompió a llorar.

No tardó mucho en caer en la cuenta de que su vida sin Jazmina no sería muy diferente de lo que había sido vivir con ella, pero no soportaba la idea de perderla de vista. Ya se había acostumbrado a verla estudiando en aquel cuarto, como si el tiempo se hubiera detenido, mientras él avanzaba a lo largo de la vida. Por ello ordenó embalsamar a su mujer en su eterna pose de estudio, con el nuevo libro abierto en la mesa.

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La espera

Contra el criterio de su marido, Avril decidió permanecer en el muelle, esperándolo. No entendía la cerrazón de su esposo Phillipe, que quería que volviera a casa y aguardara allí su regreso. Pronto la mirada triste de Avril se volvió felina. Se recostó en un banco y comenzó a mirar con descaro a los jóvenes marineros que rondaban el muelle.

Phillipe, desde la cubierta del barco, observaba a su mujer. Creyó, desdichado, que se había bajado de la baranda para regresar al hogar, pero pronto se dio cuenta de que algo andaba mal cuando vio todos aquellos hombres acercarse al lugar donde ella estaba asomada hacía un momento. Ni por un instante temió que Avril hubiera sufrido un vahído.

Ya eran demasiadas las veces que esa arpía había jugado con su inocencia. Lamentó no saber nadar para regresar a tierra firme y darle su merecido. Pero no; no habría sido buena idea: con sus artes seductoras probablemente lo habría convencido una vez más para que se sumara a la bacanal.

Phillipe suspiró. ¿Para qué luchar, si mientras él estaba en tierra la tenía siempre en sus brazos y cuando zarpaba ella alcanzaba sus máximas aspiraciones? Como si de un remedio magistral se tratara borró a Avril de su mente y se dirigió a los aposentos del capitán en busca de consuelo.

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Tras el ocaso siempre viene otro amanecer

Un médico no deja de serlo nunca. Ni siquiera en el sepelio de su padre. Da igual que la vista se empañe, que los chistes se vistan de negro, que el hambre se llene de amargura.

No, un médico no deja de serlo nunca. Por eso, cuando oí los gritos desgarradores y se abrió la cascada bajo el vientre de aquella mujer corrí hacia ella, me arrodillé y tomé entre mis manos aquella cabeza que iluminó el pasillo del tanatorio. En ese momento me di cuenta de que tras el ocaso siempre viene otro amanecer.

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Lágrima anclada

Nunca había llorado ninguna pérdida. Nunca le había dolido desprenderse de nada.

Hasta ese día.

Su llanto había sido tan celosamente encubierto que cuando al fin brotó aquella lágrima se resistió a separarse de ella. Desde entonces, ese tenue brillo frágilmente anclado a su pestaña la acompañó el resto de sus días.

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Los ocupas de la isleta

Algo tan complicado como cruzar una calle transitada puede convertirse en un proyecto de vida. Eso le ocurrió a un hombre el día que se decidió a atravesar aquella ancha avenida por cualquier lugar en vez de usar el paso de peatones. Calculó que cruzando por zona prohibida se ahorraría un minuto, pero al llegar a la isleta central aumentó el volumen de tráfico y no pudo completar su trayectoria. Por supuesto se planteó regresar sobre sus pasos, pero al otro lado de la calzada también había multitud de vehículos devorando el asfalto a velocidades inhumanas, así que decidió esperar.

Esperó y esperó. Anocheció, amaneció y siguió en la isleta, sin poder cruzar. Dieron las doce campanadas y él felicitó el año nuevo a los viandantes que paseaban por las aceras, situadas en una inalcanzable cercanía. Nevó, salió el sol, volvió a nevar y volvió a brillar el cielo, pero nunca dejaron de fluir coches.

En algún momento debió despistarse porque de pronto se vio acompañado por una mujer, que debió llegar a la isleta en un singular instante en el que el tráfico se habría detenido. Al principio no se dirigieron la palabra, pensando que ambos estaban de paso, pero seis meses después asumieron que tardarían en cruzar y empezaron a conversar sobre temas banales, con intención de hacer tiempo hasta que el flujo de vehículos amainara.

Con el paso del tiempo intimaron, y pocos años después ya tenían a tres hijos. El tiempo pasó y la familia siguió creciendo hasta que, un día, el Ayuntamiento decidió cortar por un instante el tráfico para desalojar a los ocupas de la isleta, puesto que ya invadían un carril por sentido y afectaban a la fluidez de la vía. Quién sabe si de pena o de desamparo, muchos de ellos fallecieron a los pocos días al cruzar para regresar a su isleta, mientras que los demás perdieron la cordura rodeados de las comodidades de un hogar bien amueblado.

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