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Autor: rubisco

Los ocupas de la isleta

Algo tan complicado como cruzar una calle transitada puede convertirse en un proyecto de vida. Eso le ocurrió a un hombre el día que se decidió a atravesar aquella ancha avenida por cualquier lugar en vez de usar el paso de peatones. Calculó que cruzando por zona prohibida se ahorraría un minuto, pero al llegar a la isleta central aumentó el volumen de tráfico y no pudo completar su trayectoria. Por supuesto se planteó regresar sobre sus pasos, pero al otro lado de la calzada también había multitud de vehículos devorando el asfalto a velocidades inhumanas, así que decidió esperar.

Esperó y esperó. Anocheció, amaneció y siguió en la isleta, sin poder cruzar. Dieron las doce campanadas y él felicitó el año nuevo a los viandantes que paseaban por las aceras, situadas en una inalcanzable cercanía. Nevó, salió el sol, volvió a nevar y volvió a brillar el cielo, pero nunca dejaron de fluir coches.

En algún momento debió despistarse porque de pronto se vio acompañado por una mujer, que debió llegar a la isleta en un singular instante en el que el tráfico se habría detenido. Al principio no se dirigieron la palabra, pensando que ambos estaban de paso, pero seis meses después asumieron que tardarían en cruzar y empezaron a conversar sobre temas banales, con intención de hacer tiempo hasta que el flujo de vehículos amainara.

Con el paso del tiempo intimaron, y pocos años después ya tenían a tres hijos. El tiempo pasó y la familia siguió creciendo hasta que, un día, el Ayuntamiento decidió cortar por un instante el tráfico para desalojar a los ocupas de la isleta, puesto que ya invadían un carril por sentido y afectaban a la fluidez de la vía. Quién sabe si de pena o de desamparo, muchos de ellos fallecieron a los pocos días al cruzar para regresar a su isleta, mientras que los demás perdieron la cordura rodeados de las comodidades de un hogar bien amueblado.

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El candidato

Nicolás agachó la cabeza y miró al césped. Una lágrima se escapó de su ojo, lo que abrió paso a un torrente de tristeza. Alguien le puso la mano en el hombro y reparó en que le había llegado su turno. Con las pocas fuerzas que deja el desánimo agarró la pala, la hincó en la tierra con una mezcla de rabia y abatimiento y lanzó una corta palada sobre la fosa.

El gesto protocolario no redujo su dolor. Sí cortó su llanto, aunque no por mucho tiempo. Ni su lugar en primera fila del multitudinario funeral ni las cámaras de televisión redujeron su flujo lagrimal, que había arreciado al pensar que de un momento a otro tendría que dar una segunda palada.

Entonces llegó él.

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De los peligros de la fogosidad

 

Hallábase Cristóbal Colón iniciando su cuarto viaje cuando todas las familias reales de un vasto valle de Centroeuropa inauguraron la tradicional cena bianual, en la que se dedicaban a resolver las discrepancias diplomáticas que hubieran ido surgiendo. Las monarquías acudían acompañadas de sus propias comitivas, algunas modestas pero otras más vastas, como la del reino de Strebenburgo, que había crecido a base de casar a sus herederos con los de otras Coronas. La sede de la cena se decidía por turno, y esta vez tocaba en el joven reino de Teilenfalia.

No habían transcurrido aún dos horas desde que el banquete diera comienzo y ya estaba Eugenia Guillermina, heredera del trono de Teilenfalia, tomada de las manos de un tímido Segismundo Federico, aspirante a coronarse algún día rey de Strebenburgo. El pavipollo estofado en salsa de girasol y nueces se enfriaba en el plato de Eugenia Guillermina sin que ella prestase mayor atención al condumio, mientras su interlocutor miraba de reojo las viandas, tratando de encontrar el momento oportuno para liberar sus manos de las garras de la heredera de Teilenfalia y lanzarse a comer como un descosido.

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Línea ocupada

Al dios de los creyentes, a quien deberían dejar descansar durante un tiempo

No paro de escuchar mi nombre en tus lamentos.
No cesa el retumbar de tu voz invocando
a este pobre creador de espíritu algo blando.
No dejas de llamarme como un simple elemento.

Algunos me reclaman en el tiempo de descuento,
pero tú siempre me invocas con todo tu empeño
para tratar incluso hasta el asunto más pequeño;
mas después no faltará tu orgulloso lucimiento.

Ya los fieles no reciben mi palabra anunciada
ni los enfermos obtendrán el más triste milagro
ni a los mendigos cubriré de la lluvia y de los vientos;

pues contigo siempre tengo la línea ocupada.
Desde que me llamas mi credo se ha hecho magro.
Desde que me convocas mi sueño es un tormento.

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Que así sea

Y vio Dios que los hombres se peleaban por Su existencia. Y decidió que debía predicar la tolerancia de credo y liturgia. Y después de buscar entre todos los hombres buenos se fijó en Eustaquio de Algeciras.

Y en medio de la lluvia se abrió paso un rayo de sol que iluminó a Eustaquio. Y el Señor dijo: «Eustaquio, serás tú quien pregone entre los hombres la tolerancia. Nadie más habrá de pelearse por Mi existencia, y nadie más habrá de imponer su Fe al prójimo. Que así sea».

Y Eustaquio cayó de rodillas, y alzó las manos al cielo, y agradeció al Señor Nuestro Dios, con lágrimas borboteando de sus ojos, la Misión que le había sido encomendada.

Y cuando el cielo volvió a cerrarse, Eustaquio se puso en pie, señaló a su hermano con el dedo acusador y le dijo: «¿Ves como sí existe?».

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Flor desprendida

Vio la flor desprenderse del almendro y descender con gracia. La brisa cimbreaba sus pétalos y el sol hacía brillar una gota de rocío atrapada en sus estambres. En ese momento Herminia dejó de sentir aquella congoja, sonrió y se dejó dormir sobre el prado.

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Amanda en la ventana

Desde aquella ventana, Amanda veía el mundo bambolearse a izquierda y derecha sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Los pájaros volaban de forma errática, como si a su vuelo le acompañara un extraño vaivén que los hiciera retroceder y avanzar sin variar ni un milímetro el gesto de sus alas. Los árboles bailaban al unísono, siguiendo el ritmo de una melodía que ella no lograba escuchar. Las montañas que surgían en el horizonte se mecían; parecía que intentaran dormir a los poblados que albergaban en sus colinas, que no obstante siempre dejaban alguna luz encendida. Su vida se resumía en aquella estampa: una ventana y un mundo que escarceaba a través de ella.

Amanda estaba tan intrigada por aquel extraño vaivén que en una ocasión accedió a relacionarse con un hombre sólo por ver si él también se inclinaba a un lado y a otro. Pero no, el hombre se erguía hasta casi los dos metros de alto sin apenas combarse. De su experiencia con aquel hombre concluyó que las personas más altas debían tener peor carácter, a juzgar por la última conversación que mantuvieron:

―¿Estás loca? Lo que se mueve es tu casa. ¡Vives en una casa flotante!

Aquello fue suficiente para Amanda. Entre amar a aquel ser descortés e insolente y seguir viendo el mundo mecer sus formas eligió lo segundo. Nunca más volvería a ser infiel a aquel mundo que bailaba para ella.

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Paladar

Con las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, Pietr contemplaba embelesado aquella bola de queso curado. Le faltaba una porción, y la tabla de madera en la que se apoyaba estaba manchada de los mil alimentos que antes habrían pasado por ella. A pesar de los rudos trazos del lienzo, Pietr casi podía sentir el olor de aquel queso de cabra. Se sorprendió a sí mismo masticando aire con sutileza mientras sus papilas gustativas expelían saliva a raudales, y sólo vino a detener su degustación virtual cuando un tumulto se detuvo a su lado y uno de sus integrantes lo empujó por accidente. El involuntario agresor dijo algo en un idioma desconocido y acto seguido se afanó en tomar unas quince o dieciséis fotos de aquel cuadro antes de que el guía los dirigiera al siguiente lienzo.

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Lo lamento, señor ministro

Relato urgente para enfadar al lector
A Undargarín, Blesa, Rato y Cristina de Borbón,
con todo el amor que puede tenerles un hombre de a pie.

El ministro sintió en sus carnes la humillación de ser detenido en medio de la vía pública. Había docenas de curiosos mirando y un equipo de televisión que pasaba por allí por una puñetera casualidad y que ahora estaba grabando la primicia de su vida.El agente apretó las esposas con firmeza pero asegurándose de que no trillaran la piel ni presionaran la muñeca.

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El invierno de la esperanza

Samuel miraba con sus ojos de niño a través del ventanal sucio. Como era habitual, estaba viendo caer copos de nieve desde aquel cielo oscuro. De puntillas, asomado a los cristales, tamborileaba con los dedos mientras tarareaba aquella melodía que tantas veces había escuchado a su madre.

En su ensimismamiento ignoraba los ruidos de cacharros que provenían de la cocina. Reaccionó, sin embargo, a la primera llamada que escuchó de su madre. Abandonó el ventanal y se dirigió corriendo hacia Alicia.

―Dime, mamá.
―¿Ha pasado el señor que te dije?
―No. Todavía no.

Alicia suspiró. Puso una rejilla sobre los troncos, prendió un trozo de papel y lo arrojó a los trozos de madera, a los que las llamas envolvieron de inmediato, lo que llenó la estancia de un fuerte olor a gasolina. A continuación puso el caldero sobre la rejilla y miró de nuevo a su hijo.

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