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Relatando Posts

Érase un relato

Érase un relato muy realto que de boca en boca fue transitando, desde el valle más vallado hasta la costa más costosa. Aquel relato cantaba sus cuentos y contaba sus cuentas como quien mezcla sus recuerdos con sus deudas, y sin embargo a todos dejaba embelesados con sus vivencias. No rimaba ni remaba, ni se iba por las ramas aquel relato de marras, que, concretar, no concretaba, mas todo el mundo lo escrutaba. Al cabo del tiempo ya caía pesado y acabaría en pesadilla, con un fiambre en la fiambrera y un listo en el listado de los más buscados.

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Trincheras de la vanidad

¿Y qué es poesía, si no es ego destilado,
si no es el alma que se escapa por las manos
y se impregna en el papel ayer perlado
y hoy portador de sentimientos tan mundanos?

¿Y qué ha de ser, si ni novelo ni relato
cuando escribo tales versos a destajo?
Sólo una idea, una idea sola y un acato
a no rehuirla por encima o por debajo.

Si la escritura es del egoísmo un acto
la poesía es el ego desatado.
Amor, odio, envidia, espera, lucha, pacto;
trincheras que la vanidad se ha arrogado.

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Su perdón

Todo el tanatorio era un silencio lacrimoso. La congregación de asistentes al duelo era tan multitudinaria que las dos salas habilitadas y el pasillo central no daban abasto, por lo que el personal había tenido que retirar algunas mesas para que los presentes no estuvieran tan apretujados.

Pero yo seguía sentada en un lugar privilegiado. Me había agenciado un sillón desde el que podía mirar a mi nieto sin tener que girar el cuello, y a la vez estaba orientada a la puerta, de modo que también me permitía ver quién entraba en la sala.

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Diversión elevada a infinito

―Esto engancha, tío.
―¿Qué?
―Que esto engancha ―dijo, mostrando el porro humeante.

Alrededor sólo había silencio, pero ellos flotaban ingrávidos en una espiral de ruido. Se hablaban a gritos, tratando de hacerse oír en medio de aquel escándalo que parecía crecer a cada segundo.

No recordaban dónde se celebraba la fiesta, ni a qué hora había empezado, ni si habían dejado a alguien atrás cuando decidieron elevar la diversión a infinito. Sólo reían a carcajada limpia.

El forense sintió lástima al ordenar el levantamiento de los dos cadáveres aplastados contra la acera. Pero ellos seguían riendo.

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Una sonrisa

Cuando alzó la vista el color de las fachadas había mutado. Lo que antes era rojo quemado, ahora era verde vivo; lo que era ceniza rosada, azul eléctrico. Venció el seísmo de sus rodillas y empezó a andar hacia la ventana, y cuando llegó se asomó, luego de soportar el chirrido de las bisagras. No había humo, ni coches, ni asfalto; sólo una gran acera dominada por viandantes. De pronto se percató de que sus manos estaban pobladas de arrugas. Se volvió entonces hacia el temario de las oposiciones y creyó ver una sonrisa socarrona en una de sus páginas.

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La soledad del mar

La soledad está infravalorada. A lo largo del tiempo he elaborado una teoría sobre la soledad que espero poder difundir a la humanidad algún día, aunque la compañía sea lo más pernicioso que haya para el ser humano. Creo haber contado más de doscientos mil amaneceres, y no exagero, desde que naufragó nuestro barco. Nunca aprendí a calcular cuántos años ―o siglos― supone eso, pero deben ser muchos. Muchísimos.

Nunca me caractericé por ser alguien muy sociable. En realidad nadie a mi alrededor lo era. Nos criamos en aquel barco, y en aquel barco nos forjamos como adultos. Sólo sabíamos obedecer las órdenes del capitán. Primero, Olstein; y después de morir devorado por los tiburones, Hillspring.

Qué habrá sido de ellos.

Ahora el mar está algo movido, por suerte. Estoy tan acostumbrado al escarceo de las olas que, cuando está en calma, me mareo. Ayer fue horrible. El mar era un plato y yo era un andrajo blanco botado en el suelo de la balsa. Ahora tengo mejor color. Me gusta esta combinación de piel tostada y pelo rubio y quemado por la sal.

Recuerdo el terrible mareo y las arcadas. No tener nada en el estómago no sirve de mucho si las náuseas son violentas, y las de ayer lo eran. En verdad debo llevar como siete meses sin comer. Por suerte, en soledad no siento hambre, pero cuando algún animal me visita me empiezan todos los achaques, y no sólo los estomacales.

Aquel último banquete fueron tres boquerones que se dejó un pingüino algo desnortado. Me intentó dar un poco de conversación, pero se marchó cuando mi única respuesta fue un chillido provocado por un pinzamiento en la columna; cosas de la edad, me dije para engañarme. Mientras se alejaba remitieron el dolor y el hambre. El primer boquerón entró rápido por el gaznate, el segundo me sació y el tercero me lo comí de puro vicio. Sí, claro: como buen humano no puedo escapar a la gula.

Ni a la lujuria, tampoco, aunque eso me ha ocasionado alguna que otra mala experiencia. La peor ocurrió hará no sé cuántos días, tal vez diez mil, tal vez veinte mil. Me crucé con una sirena, y yo estaba más lozano y los achaques me respetaban algo más. La sirena era guapa, guapísima, y estaba muy pechugona, para qué negarlo. Fue la única noche desde el naufragio que dormí acurrucado a alguien. Y, como nos pasa a los hombres, el amanecer me despertó por partida doble, pero las gónadas de aquella sirena estaban llenas de escamas lacerantes y la eché al mar tan pronto empecé a sangrar. Las heridas tardaron unos doce días en curarse.

Hillspring… Qué habrá sido del joven capitán.

Era como un padre para mí, aunque fuera más joven que yo. Cuando eres grumete, lo eres para siempre, y siempre mirarás al capitán como tu padre, aunque tú pudieras ser su abuelo. Es la ley del mar.

El capitán Hillspring escogió el peor día posible para abordar la Santa María. Estábamos bien informados de los planes del Reino de Castilla para alcanzar Las Indias, e íbamos a hacernos con aquella nao poderosa, pero una inoportuna tormenta se topó en nuestro camino. Todos los marineros nos habíamos reunido, debatimos y acordamos en asamblea que aquella era una aventura imposible con las condiciones climáticas reinantes, pero nadie se atrevió a decírselo a Hillspring por miedo a contradecirlo.

Qué habrá sido de ellos…

Je… El cascarrabias de Hillspring, que intentaba irritarme diciéndome que era un inútil con las manualidades, se habría sorprendido al ver que la balsa ha aguantado hasta hoy. La construí con aquellas tablas del casco del barco y unas sogas improvisadas con intestinos de algunos compañeros que acabaron devorados por tiburones. Y la vela la obtuve de… ¿Qué es esa mancha en la tela? Ah, debe ser el regalo escatológico que me obsequió aquella gaviota parlanchina.

Odio a las gaviotas. Son confianzudas y desconfiadas a la vez. Estaba empeñada en que le contestara cuándo había empezado a hablar con los animales, y al explicarle que había sido algo espontaneo insistía en que le dijera la verdad. Se marchó cuando un crujido en la cadera me hizo caer al suelo de la balsa, no sin antes dejarme ese ave del infierno su asqueroso sello de visita.

¿Por dónde iba? Ah, sí; por la soledad. La soledad me mantiene vigoroso, y la compañía hace que me vuelvan el hambre y los dolores articulares. ¿Por qué? Lo desconozco, pero si ha ocurrido durante más de doscientos mil días supongo que no será por casualidad.

A veces veo barcos de aspecto robusto surcar el horizonte y me pregunto si son producto de mi imaginación o resultado de la evolución de la humanidad. Y, si la base de la civilización es la relación social entre personas, me pregunto cuántas vidas se habrán consumido en todo este tiempo en nombre de la compañía y la socialización. Cuántas personas habrán trabado amistad para asegurarse una muerte feliz cuando pueden garantizarse la vida eterna en una balsa que flota de forma precaria en mitad del océano.

Pobres infelices.

Ahí cruza el cielo otra de esas aves que dejan estelas blancas a su paso. Supongo que siempre tendré la duda de por qué empezaron a aparecer de un tiempo a esta parte.

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Mujer que surge

Sabes, mujer que surge tras la ventana
que este mi fuego prende mis entrañas
de tan secas con nada nace una llama
cada vez que te veo asomar.

Sabes, ansiosa dama de oros ondeantes
que aunque construyas un puente colgante
algunos ríos no son cruzables
mientras fluya el manantial.

Sabes, hembra magnética, imán infinito
que largas cadenas me mantienen asido
y sólo esta llave de madera y grafito
me logra a veces liberar.

Sabes, eterna espera que nunca descansa
que mi carcelera siempre yace en mi cama
besa mis muertes, mis besos mata
y goza al verme suspirar.

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Elio y Selena

Selena sentía aún la presión de la última embestida de Elio cuando exhaló un último suspiro y relajó sus músculos sobre la paja. De inmediato, un trallazo tibio impactó en su abdomen, y al bufido de Elio le siguieron las risas cómplices de ambos, que se fundieron en un abrazo. Sentía algunas punzadas en la espalda, pero después de varios encuentros ya se había acostumbrado.

Elio tomó un trapo y se secó su miembro; luego hizo lo mismo en el abdomen de Selena. A continuación se levantó, se sacudió su pelo rubio y, con los brazos en jarra, miró a Selena en su plenitud.

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El correo secreto del Zar siempre pasa dos veces

Nikolái paseaba nervioso de un lado a otro de la colosal sala de visitas. Trescientos pasos debía dar de pared a pared, y cuando alcanzaba un extremo de la estancia daba la vuelta y reiniciaba el recuento. Ésa era su estrategia para no sucumbir al desasosiego.

Seguía andando con las manos en la espalda, su larga figura apocada por la preocupación y la barbilla casi rozándole el pecho cuando se abrió la puerta del servicio. De inmediato se viró hacia ella y se acercó dando zancadas. Por un momento se dibujó un halo de esperanza en su rostro, pero cuando vio entrar a la comitiva de camareras de piso se detuvo, desapareció la incipiente sonrisa bajo el populoso bigote y volvió la pesadumbre a su rostro.

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